La ùltima escala del Tramp steamer

 

Hay muchas maneras de contar esta historia como muchas son las que existen para relatar el más interesante episodio de la vida de cualquiera de nosotros. Podría comenzar por lo que, para mí, fue el final del asunto pero que, para otro participante de los hechos, pudo ser apenas el comienzo.

Ni qué decir que la tercera persona, implicada en lo que voy a tratar de relatarles, no podría distinguir ni el comienzo ni el fin de lo que ella vivió entonces. He optado, pues, por contar lo sucedido según mi personal experiencia y dentro de la cronología que en ella me tocó en suerte. Tal vez no sea la manera más interesante de enterarse de esta singular historia de amor. Desde cuando la escuché, tuve la resuelta intención de contársela a alguien que, en esto de narrar las cosas que le pasan a la gente, se ha manifestado como un maestro.

Por eso he preferido, mejor, ahora que la escribo para él -ya que contársela no me ha sido posible, hacerlo de la manera más sencilla directa para no arriesgarme por caminos, atajos y meandros que ni domino ni, en este caso, sería aconsejable intentar. Ojalá, con mi destreza, no se pierda aquí el encanto, la doloroso y peregrina fascinación de estos amores que, por transitorios e imposibles, algo tienen de las nunca agotadas leyendas que nos han hechizado durante tantos siglos, desde Príamo y Tisbe hasta Marcel y Albertine, pasando porTristón e Isolda.


Como lo que voy a narrar es algo que supe por boca del protagonista, no tengo otra alternativa que lanzarme por propia cuenta y con mis escasos medios a la tarea de ponerlo por escrito. Hubiera querido que alguien mejor dotado lo hiciera, no fue posible: los atropellados y ruidosos días de nuestra vida no lo permitieron. Quise dejar esta salvedad, que no ha de librarme, de seguro, del severo juicio de mis improbables lectores. La crítica ya sem encargará, como es su costumbre, de cumplir con el resto y regresar al olvido estas líneas tan distantes del gusto
que prima en nuestros días.


Tuve que viajar a Helsinki para asistir a una reunión de expertos en publicaciones Internas de las compañías petroleras. Iba, en verdad, con muy pocas ganas, Finalizaba noviembre, y los pronósticos del tiempo para la capital de Finlandia eran más bien sombríos. Mi admiración y familia- con la música de Sibelius y con algunas páginas del más olvidado de los premios Nobel: Franz Emil Sillanpaa, eran razones suficientes para alimentar mi curiosidad de conocer Finlandia,  Helsinki estaba, en efecto, como paralizada dentro de un traslúcido e inolvidable cristal, a cuarenta grados bajo cero... Recorrer las calles de la ciudad era una hazaña con riesgos mortales pero con Inquietantes compensaciones estéticas (...)
Dos días después, recibí una llamada telefónica.

Me anunciaban que al día siguiente pasarían por mí para llevarme al lugar en cuestión. Habría tres horas de sol sin una brizna de niebla, garantizadas por los meteorólogos de nuestra empresa. Con puntualidad ejemplar el auto me recogió al otro día en la puerta del hotel. Nos lanzamos por la avenida que rodea parte de la ciudad y conduce a las afueras hasta la zona de los muelles. El chofer no hablaba ningún idioma distinto al finés. Ni siquiera las cuatro palabras en un sueco de mi cosecha sirvieron para comunicarme con él (...).


Cuando descendí del auto el espectáculo dejo sin habla. La transparencia del aire era absoluta. Cada grúa de los muelles, cada junco de la orilla, cada embarcación que cruzaba en un silencio irreal por las aguas inmóviles de la bahía, tenía una presencia tan neta que tuve la impresión de que el mundo acababa de ser inaugurado, al fondo, con igual precisión, en una cercanía inconcebible, se alzaba la ciudad que construyo pedro Romanoff para cumplir un delirio de autócrata genial y un sórdido propósito de astuto vástago de Iván el terrible .


Me senté en el borde del parapeto de granito que protegía la cinta asfáltica y, con los pies colgando sobre el espejo de acero de las aguas, quede embebido en la contemplación de un milagro que estaba seguro de que nunca más se repetiría en mi vida, fue entonces cuando, por primera vez, se me apareció el Tramp Steamer, personaje de singular importancia en la historia de la historia que nos ocupa.

(Fragmento)

Alvaro Mutis

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