LA PROCESION DEL VIERNES SANTO


Don Leopoldo era un viejo de raca mandaca, bautizado en la Religión de León XIII y de Fernando VII, de misa y comunión diaria, fue como regular o como normalmente debía ser un godo de camándula y cofrado de María Inmaculada; contaba a la gente que una vez terminada la procesión religiosa en memoria de la muerte de Jesús en la Loma Calavera del Monte Calvario, pasaba por las calles quejumbrosa y macilenta una procesión encabezada por una cosa larga, tan alta que rebosaba los techos de las casas.

Era una criatura a la que no se le miraba rostro ni manos ni pies, era una sola pieza de tela blanca, una túnica al parecer de tul con un fondo de seda que brillaba como las estrellas en las noches veraniegas; era una capa que caía desde la cabeza cubriéndola totalmente hasta besar el polvo de las calles por donde hacía su aparición.

Esta criatura llevaba en sus escondidas e invisibles manos, una alta cruz que al rayo de las luces fatuas brillaba .y desprendía hilos de plata hacia la luna pero era tan macabro y miedoso el espectáculo que el sombrero se sentía estar a una cuarta de la cabeza, el cuerpo se estremecía de tal manera que parecía paralizársele la sangre en su recorrido y a veces enfriarse tanto que no se podía dar un paso; detrás de esta espantosa y gigantesca cosa que llamaban los antiguos El Alma Santa ; aparecían decenas de criaturas vestidas al igual que los capuchinos con un hábito de color tan oscuro como las sombras de las noches de marzo que son últimas del primer verano del año; vestidos que se mimetizaban con las luces que ellos mismo portaban; al parecer faroles del infierno que nadie sostenía en sus manos sino que iban a unos cincuenta centímetros delante del presunto portador.

Don Leopoldo un poco orinado del miedo alcanzó a detallar que los faroles no eran tal sino calaveras que bailaban en el aire al son del cántico incom-prensible de los participantes en el desfile, luces que entorchadas en una lanza parecida a la que el Arcángel San Gabriel dominó al demonio. Los participantes del desfile por momentos se perdían bajo las sombras de las tapias en las calles y volvían a aparecer en otra latitud del pueblo, era un ruido que estremecía el alma, que roía los huesos y hacía flaquear tanto que según don Leopoldo se caía desmayado; otros sin darse cuenta llegaban a sus casas tan asustados que no se daban cuenta que sus esfínteres no habían respondido.

Al “Charqueño” le salió la procesión del Viernes Santo en un callejón cami-no hacia la vereda del Juncal, venía de primera el “alma Santa” que era una mujer con una falda que terminaba en el aire porque ella no pisaba en la tierra , pero le alcanzó a mirar la clavera que llevaba unas cuencas profundas y tan anchas que perfectamente se podía mirar el infierno en el interior de su cráneo, allí pues , alcanzó a mirar al rey de las tinieblas danzando sobre unas llamaradas que luego las escupía por la boca de la calavera destellando en rayos sobre la ciénaga del Juncal, detrás de ella caminaban los turbantes portando canillas de muerto como antorchas encendidas por el soplo que salía de los infiernos, atrás un cuasi modo tocando una campanilla que tiraba de una calavera que hacía rechinar con las muelas colgadas con cerdas de puerco, al pasar el desfile todo era claridad, se miraba todo detalle , pero una vez pasado , no se sabía dónde se estaba , podía durar toda la noche sin saber cómo, cuándo ni dónde se estaba, es posible que al llegar la luz del día aún esté orático.
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