ENCUENTRO CON EL DIABLO


ENCUENTRO CON EL DIABLO

Don Celio, quien desde su niñez había dado pruebas fehacientes de valor, después, en la guerra de los Mil Días adquirió autoritarismo, y su voluntad fue forjándose sobre el yunque donde aceró su personalidad, así mismo aquilató su formación en las cinco veces que desempeño la Alcaldía de pueblo donde se distinguió por el ejercicio serio del poder, por su honestidad cristalina en el desempeño de aquellas precarias funciones del ya vigente Código de Régimen Político y Municipal, fue después de mil novecientos treinta el Patriarca de cuatro grandes y muy prestantes familias allegadas a su estirpe, aún hoy reclaman y se elevan oraciones por un Alcalde como Don Celio, con criterio con concepto de autoridad, con voluntad de servicio, con personalidad, respetuoso y respetable. .
Durante todas las noches, la prole arredondeaba al Patriarca para escucharlo hablar de anécdotas increíbles que hizo contra los liberales, en el Totoral cuando aún era niño, o recitaba las poesías épicas compuestas en Cascajal, Potosí, Cumbal, Ipiales por su tío Marcelino o contaba del percance con el demonio en su época de comerciante de ganado, o del honor que tenía al haberse saludado con el diablo en un viaje con su recua y sus arrieros hacia Barbacoas, El Huíla y el Ecuador.

En su finca de Chires mantenía muy buenos caballos, de ellos se enorgullecia donde andaba. Un viernes sale con uno de sus hijos hacia la hacienda de su amigo Restrepo; un antioqueño residenciado en el Ecuador corrido de unos homicidios que cometió en la Capital de la montaña y decidió como domicilio obligado un lugar llamado el Vínculo, llanura inmensa y bella que se extendía desde la Parroquia de la Paz, en el Cantón Montúfar, Provincia del Carchi; hasta la parroquia de Pimampiro en la Provincia de Imbabura a cuyos tenientes políticos el paisa tenía de su cuenta. En el trayecto, Don Celio, desde Chires gastaba hasta la hacienda del archimillonario Restrepo la insignificancia de dos días y dos noches, en caballos cruzados entre árabes e ingleses; muy admirados.

Sale pues el día viernes entre las cinco y las seis de la madrugada, las sombras de la noche le van anunciando la soledad de la misma en la población de Guaca Provincia del Carchi; pero la pascana o posada estaba al largo de una hora.

Al fin llegaba a su posada en el lugar denominado Mata Redonda, allí tenía un viejo amigo que otrora perteneció a los huestes de Eloy Alfaro, pero muy amigos entre veteranos; Era el General Guerrón, dueño de Mata Redonda, una hacienda ganadera aún hoy de mucho renombre en el abolengo ecuatoriano; Allí cenó con el General, su hijo Carlos Aparicio y Jobino sus arrieros; hablaron obligadamente de política, salieron a flote los nombres de Eloy Alfaro, Marco Fidel Suárez, Avelino Rosas, el General Gustavo S. Guerrero quien ordenó asesinar al General Rosas; se habló de la economía de la frontera, de armas, de ganado y de su amigo Restrepo constructor en su calidad de contratista, del tendido para el ferrocarril Guayaquil - Quito.

Entre una y otra conversación y uno que otro whisky Irlandés del que acos-tumbraba el General, las horas fueron corriendo y se quedaron dormidos los veteranos en sus respectivas butacas forradas en cuero y adornadas con cabezas de venados, osos y pumas que tenía como trofeos, el General, cazador de la selva y de los cerros del Ecuador; así como de un Cóndor embalsamado que con sus alas cubría la sala del recibo cobijándola como si estuviese empollando a los dos elocuentes personajes.

Cuando el manto negro de una noche oscura y silenciosa de viernes se aso-maba al punto clave, la mitad del reloj, hora que las almas perdidas e incautas deambulaban por los caminos y parajes desolados, entre dormido y despierto, Don Celio sale al alar de la casa con el fin de desocupar su fatigada vejiga que la tenía repleta de muchas clases de licor. Sale sobándose los ojos; cuando allí un caballero, alto, como de dos metros, con un sombrero lejano que casi parecía una tolda en la fría y lloviznosa noche; de su cuello se desprendía cubriendo sus anchos hombros, una capa de color rojo intenso que llegaba hasta la parte inferior de sus rodillas, pero más hermosa que la ruana del viejo Hidalgo. Al sonreír le miró toda la dentadura que reflejaba el color amarillo del oro bordeado de platino cuyas dentelladas parecían luciérnagas en la boca; unas botas rodilleras brillantes y negras como los ojos de su caballo Capulí que formaba parte de su relicario caballístico; Recordó en ese momento la imponencia de la esbelta figura del General Uribe Uribe, a quien conoció en mil novecientos once en la capital Colombiana. Entre su lengua v sus dientes mascujaba un perfumado tabaco de los que saboreó con dulzura el General Eloy Alfaro.

Entonces instantáneamente viene el sobresalto del veterano y dice un poco entrecortado «buenas noches caballero»; y el tipo no le contestó. Se olvidó que salía porque su organismo se lo exigió; un rayo de luz como una centellada pasó por su mente cuando el espacio se iluminó entorno a los dos personajes y aquel misterio de la noche ya no era el mismo caballero; en un segundo, con una sola mirada lo detalló así: «era un ser con una cara de gato con» orejas puntiagudas y sobresalientes al sombrero que se había convertido en una masa indescriptible, fosforescente pero de color entre chocolate y morado, su dentadura tenía unos inmensos colmillos que sobresalían de su quijada como los de un jabalí de los que alguna vez él mismo cazó en las montañas de Mayasquer; su hermosa capa era un cuero seco y desteñido que chorreaba esencia de azufre y hedía a ácido sulfhídrico; en sus manos sostenía una varilla con una marca en la punta que sobresalía como las garras de un ralo abandonado; las hermosas botas se convirtieron la una en una pata de buey y la otra en una peluda y repugnante pata de gallo.

De su boca ya no salía el fragante humo de tabaco sino bocanadas de fuego similares a las de los dragones apocalípticos; entonces casi sin aliento, sin habla, porque su lengua se hacía nudo en la garganta, alcanzó a exclamar: “!El putas General¡”, Y entró de bruces a la sala donde hacía unos minutos dormía tranquilamente; se trataba del mismo rey de los infiernos que ya el general había conocido; entonces despertó en ese mismo instante a su hijo y a sus arrieros; tomaron las bestias las aparejaron, se despidieron de la noble v generosa posada y emprendieron el camino a su destino; recorrido una inedia hora por la estrechez de un sendero muy accidentado; al llegar a una puerta de golpe, así se llamaba porque al cerrarla tenía obligatoriamente que golpear sobre un poste enterrado a manera de dintel o umbraladura; uno de los peones abre y los demás pasan a un desfiladero despejado al pie de una quebrada de la cual se escuchaba su tenue, casi quejumbroso murmullo al chocar sus aguas con las pocas piedras del lecho, entonces fue cuando miró que unas sombras se acercaban hacia ellos, allí detuvieron la marcha para cerciorarse de qué se trataba, aún estaban un poco distantes los bultos que también poco a poco, macilentos y mudos se acercaban, el viejo balbuceó, “carajo otra vez el diablo”; y evidentemente adelante o encabezando el desfile macabro aparecieron dos perros, grandes como una muía, el uno negro y el otro blanco, el negro abría su boca roja como acabándose de tomar un pondo de sangre, el blanco ,con unos ojos que parecían luceros azules como el zafiro amanecer de primavera; por su boca emanaba viento que al chocar con las ramas de la hilera, parecía deshojarlas y dejarlas desnudas totalmente azotadas por el vendaval infernal.

Eran dos animales diabólicos que al mirarlos producían miedo, temor, respeto, se escalofriaba el cuerpo y parecía que la sangre se paralizaba en su curso normal, la adrenalina, salía por todos los poros, “sudamos frío”, dijo, “casi nos cagamos” replicó don Celio, porque detrás de esas criaturas cancerberas del infierno y compañeras fieles del Satanás, venía una muía tirando un carruaje, una muía tan grande como el mejor de sus caballos; ésta traía de todo; arreaba tal instrumento con una cadena brillantísima que parecía platino; en la semioscuridad relampagueaba con luces infernales y rechinaba al compás de la muía que mascaba un freno de acero, tan fino que en vez de espuma echaba sangre por la boca, sus ojos parecían faros rojos que iluminaban la vasta ribera por donde se dirigían a recoger un muerto al otro lado de un peñasco donde había muerto Marcial, un hombre popular que se juntaba con los mejores vecinos, que renegaba a voz en cuello en sus noches de borrachera, que defendía a sus compañeros de trabajo cuando los patrones les azotaban o les quitaban su huasipungo; que no iba a misa porque pertenecía a las filas de Eloy Alfaro ,este pobre era Liberal dijo un baquiano.

Don Celio, su hijo que era de armas tomar, sus vaqueros que tampoco les temblaban los pantalones, estaban quietos, casi inmóviles, no podían dirigirse el uno al otro a no ser por la mirara absorta de sus ojos casi desorbitados por el miedo, pues el desfile de la otra vida no acaba de pasar, los segundos eran eternos, los caballos espantados retrocedían, se paraban, relinchaban uno de ellos se deshizo de su jinete y partió despavorido, el veterano recordó que tenía unos pielroja, trató de encender uno, pero los fósforos no le respondían, pues no alcanzaba a rastrillarlos con el impacto suficiente, tiritaba; seguía pasando el infierno frente al miedo natural del ser humano y peor que no podía regresar ni hacerse a un lado para mitigar en algo aquel soplo helado y de olor azufrado que producían la oscuridad solemnemente alumbrada por los ojos incandescentes de las criaturas que arrastraban el carruaje y el tenue viento helado y salpicante de aquella ribera camino del rey de las sombras. y la soledad; el veterano alcanzó a decir: ¡Carajo, ténganse duro hijos,... es el putas ¡

De pronto aparece conduciendo la carreta halada por la muía, una criatura que resollaba tan fuerte que sus narices, parecían troneras de las casas viejas y pajisas de su pueblo, de su boca pendía un tabaco que parecía la chimenea de la cocina de su casa de campo alimentada con leña verde; en ese instante lo comparo con su cuñado, que en el pucho de cigarrillo encendía el otro sin sacarlo jamás de su boca; a veces éste, también al veterano le hedía a infierno, las manos del conductor eran negras y escamosas terminaban en pezuñas como las del mejor cerdo de su criadero, éste apresuraba a la mula que chasqueaba y pedorreaba tan duro que parecía ir sacudiendo un cuero gigantesco en el espacio silencioso de una casa abandonada por el miedo de los peregrinos tras aquella criatura el infierno; ahora sí, los pasajeros del carruaje infernal unos con cara de gato, otros con cabeza de gallo, otros con cabeza de serpiente, otros de rata, pero todos les hacían muecas y les reían a los desprevenidos espectadores uno ya olía a orinado era el que cayó del caballo que en ese momento desapareció.

El veterano y su hijo trataban de encender el cigarrillo pero no funcionaba; de carruaje salían alaridos que cubrían el bosque como una queja larga de agonía, exhalada por el torturado o la plañidera azotada por el dolor. Macabro espantoso, infernal era el espectáculo casi indescriptible lo que venía de aquellos pasajeros, en momentos se mimetizaban y cambiaban de figura; una llavera le gritó “adiós compadre”; pero de tantos que tenía porque fue cinco veces Alcalde, no supo quién sería.

Al llegar a su casa de regreso, supo que murió su compadre Aparicio pateado por una mula en el cráneo . Por fin acabó de pasar el infierno y una suave brisa volvió a cubrir el campo por el que iba el veterano, entonces su hijo murmuró entre dientes: ¡virgen Santísima! pero no recordó ni una sola de las oraciones que le había enseñado de niño su madre; se echó la bendición y concluyó; “putas casi me cago”; por fin el veterano pudo encender su cigarrillo ya en la tranquilidad oscurísima de la noche, en su reloj de bolsillo que adquirió en Popayán marcaba la una y quince de la madrugada, perdieron cinco minutos en el desfile del infierno, recogieron a su compañero buscaron y encontraron su caballo y siguieron su camino; el camino ahora olía a tabaco puro santandereano, porque ninguno dejó de encender el suyo y prendía un nuevo en el pucho antes que se apague con la poca saliva que segregaba la lengua espantada y trabada, hasta la claridad del amanecer del sábado cuando avizoraba la hacienda del paisa que vivía en su casa de campo mejor que cualesquiera de los hoy archimillonarios; vivía con trescientos gatos y quinientos perros de todas las razas conocidas, en sus praderas pastaban mil ovejas y unos dos mil vacunos.
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