EL NIÑO DE PAPA JOSE


Don José “Trayé” era un hombre sencillo, trabajador, tradicional, usaba unos anteojos con los soportes sobre las orejas anchos con lentes oscuros que daban a la mitad de sus mejillas, pues no quería que sepan que era tuerto y supuraba abundante légaña, sabia además que mi abuelo había dicho -¡ si un cojo sale por bueno cuéntalo por un milagro -Dios te libre de un tuerto -y échale la cruz a un calvo¡.

Trayé” era tapiador, había levantado las tapias de medio pueblo porque era el mejor con el pisón y la plomada, pero también tuvo su encuentro con un engendro del infierno, con un nene de Lucifer según acostumbraba decir. Una tarde al filo de las seis iba para su casa a descansar de un arduo trabajo de tapias que construía en el palacio municipal; después de haber cenado con el alcalde, el juez y hasta los policías, de ingerir algunos tragos; en la boca del callejón de la cuadra de don Reinaldo, un niño botado, desnudo, llorando, tiritando de frío, era una hermosa criatura de más o menos unos seis meses de edad aún no le salían sus incisivos, con un cabello escaso pero que parecían hilos de oro; unos ojos como zafiros, resplandecientes y cristalinos al mismo tiempo que no existía ninguna duda de ser - “hijo de alguno de los más importantes blancos del pueblo o de un gringo” - dijo el viejo; lo alzó en su regazo y con su ruana grande de las que colgaban sus flecos hasta la empuñadura de las alpargatas, lo envolvió de tal forma que el niño calló y se sonrió.

Contento don José dijo para sí -la María qué alegre se va a poner cuando llegue con este regalóte a la casa no alcanzó a caminar unos veinte metros cuando su criatura con una voz seca y ronca como la del armonio viejo de la iglesia matriz le dijo ¡“Papá Josché, ya teño nentes”! , el hombre lo destapó para mirarlo cuando se encuentra con una criatura horripilante, que estremecía, con unos ojos brotados o desorbitados, era una calavera cubierta de una piel escamosa de color chocolate y de sus mandíbulas surgían tremendos cplmillos, los del lobo de San Francisco son menos espantosos; en ese preciso instantes se le iba a colgar al cuello seguramente a morderle su yugular, pero el viejo a pesar de sus años era ágil por eso inmediatamente sacudió su ruana tan fuerte, que aquel demonio cayó al otro lado del callejón y fue perdiéndose al fondo de la cuadra; ahora era un gato de color negro con una cola pelada y escamosa como el cuero de una culebra.

Al contar esto don José se le redondeaban los ojos de lágrimas y don Hernán que oyó dijo “a mí también me pasó lo mismo, pero fue una noche que estaba chumado, al ir a sacar el caballo para marcharme a casa. Yo no sé como llegué porque fue como un rayo y me desmonté del caballo en el que la criatura se alancó pero al llegar no había nada; me dijo las mismas palabras tenía los mismos colmillos; desde ese tiempo hasta ahora no he andado de noche ni me he tomado un trago”.
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